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Vergara Killer Saga n°5: El Último Juicio Vergara Killer Saga n°5: El Último Juicio
#distopia
Este trabajo está bajo la Licencia Pública General de GNU, versión 3 (GPL v3).
Puede redistribuir y modificar este trabajo bajo los términos de la GPL v3, tal como se describe en:
>https://www.gnu.org/licenses/gpl-3.0.html
Vergara apretaba los puños mientras caminaba por las calles rotas de La Matanza, donde cada esquina parecía esconder una historia de abandono y sufrimiento. La gente lo miraba de reojo, sabían que no era uno más de esos tipos que se perdían en la rutina diaria, ese tipo que nunca hace preguntas y solo sigue el flujo. No. Vergara era diferente. Su mirada reflejaba la rabia de años, la impotencia de toda una vida marcada por la injusticia, el olor a podrido que impregnaba el aire, la suciedad que estaba en las calles pero también en las almas.
¡Maldito Bélirran!, murmuró entre dientes, apretando más los puños, casi desgarrándose las palmas de las manos. Él lo había visto todo. Lo sabía todo. Cada paso, cada movimiento de Bélirran, cada acto despreciable que nunca fue detenido, era una marca que lo acompañaba como un tatuaje. Esa ciudad había sido su prisión, pero ahora sentía que el peso de sus propios pensamientos, sus propios deseos de venganza, lo hacían caminar más rápido, como si de repente el aire se hubiera vuelto más denso, más cargado, y el destino estuviera esperando para chocarlo de frente.
Algunas figuras en las sombras de los pasajes y las calles observaban a Vergara con desconfianza. El tipo que gritaba sobre la mugre, que maldecía todo lo que veía. Sabían que no era uno de esos tipos que se arrodillaba ante el poder. Y eso, en este lugar, era peligroso.
Un par de adolescentes pasaron junto a él, con las orejas llenas de esa música, esa mierda que lo volvía loco. El reggaetón resonaba con fuerza, como si fuera la banda sonora de su infierno personal. Vergara los miró con odio, pero no dijo nada. Ya no. No tenía tiempo para ellos. El enemigo era otro.
Las voces del pasado empezaban a tomar fuerza en su cabeza, las voces de aquellos que lo habían arrastrado hasta aquí, que lo habían empujado hasta la orilla de la locura. Vergarina. No podía dejar de pensar en ella, en su rostro, en su vida destrozada, en cómo la mirada vacía de la muerte la había invadido, cómo había sido testigo del dolor de ella mientras el mundo seguía girando sin importarle una mierda.
En sus recuerdos, podía ver claramente aquel día, aquel maldito día cuando Bélirran había cruzado su camino y destrozado todo lo que él creía importante. Vergarina, su hermana, su amiga, su alma gemela en esta ciudad podrida. Bélirran la había dejado morir. Y no había nada que pudiera hacer.
¡Por qué no me lo quité antes!, murmuró con la voz rota. Su rabia ahora no solo era contra Bélirran, sino contra él mismo, por no haber hecho nada, por no haber tenido el valor. La impotencia lo desgarraba, como si las paredes del mundo lo estuvieran aplastando, como si estuviera a punto de explotar en una furia desenfrenada.
Vergara se detuvo frente a un bar sucio, con luces parpadeantes y una puerta que crujía cada vez que alguien la abría. El lugar apestaba a humo y alcohol barato. Dentro, el sonido de una pelea en la barra y el bullicio de las mesas hacían el ambiente aún más insoportable. Pero no era ahí donde quería estar. No hoy. Hoy tenía una misión.
Lo que hizo entonces fue más instintivo que racional: atravesó el umbral de la puerta del bar, cruzó el piso sucio, ignoró las miradas despectivas de los hombres que lo observaban como si fuera una amenaza, y caminó directo a la barra. Nadie se atrevió a decirle nada. Sabían que ese tipo estaba buscando algo, y no iba a encontrar lo que esperaba allí.
Un hombre con una barba sucia, sucia de todos los vicios posibles, le sonrió con desprecio cuando Vergara se apoyó en la barra y lo miró fijamente.
- ¿Qué quieres, amigo? - preguntó el tipo con voz ronca.
Vergara no respondió de inmediato. En cambio, sus ojos brillaron con furia, sus dientes apretados, y entonces, con calma, con una calma que solo un hombre que ha cruzado un límite podría tener, dijo:
- Quiero saber dónde está Bélirran. Y si me dices algo que no me guste... no vas a volver a hablar.
El hombre lo miró por un momento, evaluando si era una amenaza real o solo un loco más. Finalmente, rió, una risa nerviosa, y sin dejar de mirarlo, le dijo:
- ¿Bélirran? Ese hijo de puta... lo último que supe es que se estaba escondiendo en la vieja estación de trenes. Pero no te vayas con ilusiones, amigo... ese tipo no va a dejar que nadie lo toque.
Vergara no sonrió. No mostró ningún tipo de emoción. Simplemente asintió lentamente.
- Gracias.
Y salió del bar sin mirar atrás, sin esperar más respuestas. Porque el tiempo de las preguntas había terminado. **El momento de la acción había terminado. El momento de la acción había llegado.
...
El eco de sus pensamientos retumbaba mientras avanzaba por las calles, ya decidido a cumplir con su destino. Vergara se preparaba para lo que venía, para el encuentro...
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Vergara apretaba los puños mientras caminaba por las calles rotas de La Matanza, donde cada esquina parecía esconder una historia de abandono y sufrimiento. La gente lo miraba de reojo, sabían que no era uno más de esos tipos que se perdían en la rutina diaria, ese tipo que nunca hace preguntas y solo sigue el flujo. No. Vergara era diferente. Su mirada reflejaba la rabia de años, la impotencia de toda una vida marcada por la injusticia, el olor a podrido que impregnaba el aire, la suciedad que estaba en las calles pero también en las almas.
¡Maldito Bélirran!, murmuró entre dientes, apretando más los puños, casi desgarrándose las palmas de las manos. Él lo había visto todo. Lo sabía todo. Cada paso, cada movimiento de Bélirran, cada acto despreciable que nunca fue detenido, era una marca que lo acompañaba como un tatuaje. Esa ciudad había sido su prisión, pero ahora sentía que el peso de sus propios pensamientos, sus propios deseos de venganza, lo hacían caminar más rápido, como si de repente el aire se hubiera vuelto más denso, más cargado, y el destino estuviera esperando para chocarlo de frente.
Algunas figuras en las sombras de los pasajes y las calles observaban a Vergara con desconfianza. El tipo que gritaba sobre la mugre, que maldecía todo lo que veía. Sabían que no era uno de esos tipos que se arrodillaba ante el poder. Y eso, en este lugar, era peligroso.
Un par de adolescentes pasaron junto a él, con las orejas llenas de esa música, esa mierda que lo volvía loco. El reggaetón resonaba con fuerza, como si fuera la banda sonora de su infierno personal. Vergara los miró con odio, pero no dijo nada. Ya no. No tenía tiempo para ellos. El enemigo era otro.
Las voces del pasado empezaban a tomar fuerza en su cabeza, las voces de aquellos que lo habían arrastrado hasta aquí, que lo habían empujado hasta la orilla de la locura. Vergarina. No podía dejar de pensar en ella, en su rostro, en su vida destrozada, en cómo la mirada vacía de la muerte la había invadido, cómo había sido testigo del dolor de ella mientras el mundo seguía girando sin importarle una mierda.
En sus recuerdos, podía ver claramente aquel día, aquel maldito día cuando Bélirran había cruzado su camino y destrozado todo lo que él creía importante. Vergarina, su hermana, su amiga, su alma gemela en esta ciudad podrida. Bélirran la había dejado morir. Y no había nada que pudiera hacer.
¡Por qué no me lo quité antes!, murmuró con la voz rota. Su rabia ahora no solo era contra Bélirran, sino contra él mismo, por no haber hecho nada, por no haber tenido el valor. La impotencia lo desgarraba, como si las paredes del mundo lo estuvieran aplastando, como si estuviera a punto de explotar en una furia desenfrenada.
Vergara se detuvo frente a un bar sucio, con luces parpadeantes y una puerta que crujía cada vez que alguien la abría. El lugar apestaba a humo y alcohol barato. Dentro, el sonido de una pelea en la barra y el bullicio de las mesas hacían el ambiente aún más insoportable. Pero no era ahí donde quería estar. No hoy. Hoy tenía una misión.
Lo que hizo entonces fue más instintivo que racional: atravesó el umbral de la puerta del bar, cruzó el piso sucio, ignoró las miradas despectivas de los hombres que lo observaban como si fuera una amenaza, y caminó directo a la barra. Nadie se atrevió a decirle nada. Sabían que ese tipo estaba buscando algo, y no iba a encontrar lo que esperaba allí.
Un hombre con una barba sucia, sucia de todos los vicios posibles, le sonrió con desprecio cuando Vergara se apoyó en la barra y lo miró fijamente.
- ¿Qué quieres, amigo? - preguntó el tipo con voz ronca.
Vergara no respondió de inmediato. En cambio, sus ojos brillaron con furia, sus dientes apretados, y entonces, con calma, con una calma que solo un hombre que ha cruzado un límite podría tener, dijo:
- Quiero saber dónde está Bélirran. Y si me dices algo que no me guste... no vas a volver a hablar.
El hombre lo miró por un momento, evaluando si era una amenaza real o solo un loco más. Finalmente, rió, una risa nerviosa, y sin dejar de mirarlo, le dijo:
- ¿Bélirran? Ese hijo de puta... lo último que supe es que se estaba escondiendo en la vieja estación de trenes. Pero no te vayas con ilusiones, amigo... ese tipo no va a dejar que nadie lo toque.
Vergara no sonrió. No mostró ningún tipo de emoción. Simplemente asintió lentamente.
- Gracias.
Y salió del bar sin mirar atrás, sin esperar más respuestas. Porque el tiempo de las preguntas había terminado. **El momento de la acción había terminado. El momento de la acción había llegado.
...
El eco de sus pensamientos retumbaba mientras avanzaba por las calles, ya decidido a cumplir con su destino. Vergara se preparaba para lo que venía, para el encuentro...